VENGANZA

VENGANZA
La doctrina de la venganza atraviesa todos mis escritos, todas mis aspiraciones, como el hilo rojo de la justicia. Más allá del bien y del mal.
Hay tantas maneras finas de vengarse, que el que tuviera motivos para la venganza podrá hacerlo como quiera: al cabo de un cierto tiempo, todo el mundo estará conforme en decir que se ha venga-do. La pasividad que consiste en no vengarse, no depende del arbitrio de un hombre; éste ni siquiera tiene el derecho de expresar “su deseo” de no vengarse, porque el desprecio de la venganza es in-terpretado como una de las venganzas más sublimes y sensibles. Humano, demasiado humano.


Quiere tener su venganza y se dirige a los tribunales para obtenerla. Aurora.
Es pobreza de espíritu obstinarse en devolver el daño que se ha recibido. Filosofía general.
Santificar la venganza bajo el nombre de justicia, como si la justicia no fuera en el fondo más que una transformación del sentimiento de la ofensa recibida. Más allá del bien y del mal.
Muchos favores no inspiran gratitud, sino deseo de venganza, y cuando no se olvida un pequeño favor, éste acaba por convertirse en roedor gusano. Así habló Zaratustra.
El placer de hacer daño, porque trae consigo un acrecentamiento del sentimiento de poder, sobre todo cuando precede una disminución de éste, es decir, en la venganza.
El placer de hacer bien se ha desarrollado sobre una base completamente igual, y la generosidad es una venganza sublimada, y de aquí un placer mucho mayor. Filosofía general.
En la venganza, como en el amor, la mujer es más bárbara que el hombre. Más allá del bien y del mal.
VERDAD
Todos nosotros tenemos miedo de la verdad. Ecce homo.
La incapacidad de mentir está aún muy lejos del amor a la verdad. Así habló Zaratustra.
Los hay que son verídicos no porque detesten simular los sentimientos, sino porque no sabrían disi-mularlos bien. En resumen, no tienen confianza en su talento de comediantes y prefieren la probidad, “la comedia de la verdad”. Aurora.
El imaginativo niega la verdad ante sí mismo; el mentiroso, únicamente ante los demás. Humano, demasiado humano.
Muchas veces he seguido los pasos de la verdad: entonces ella me azotaba el rostro. Alguna vez yo creía mentir, y precisamente era entonces cuando tocaba… a la verdad. Así habló Zaratustra.
El cansancio trae consigo para el pensador una ventaja: le deja emitir aquellos pensamientos que en otro estado menos relajado y, por consiguiente, más comedido, no confesaría. Sentimos pereza de proponernos alguna cosa, y entonces, la verdad desciende sobre nosotros. Tratados filosóficos.
La verdad es aquella clase de error sin el cual no puede vivir un ser viviente de una determinada especie. La voluntad de dominio.
Para conquistar la verdad hay que sacrificar casi todo lo que es grato a nuestro corazón, a nuestro amor, a nuestra confianza en la vida. Para ello es necesario grandeza de alma: el servicio de la ver-dad es el más duro de todos los servicios. El ocaso de los ídolos.
Los hombres son aún más perezosos que cobardes, y lo que temen generalmente son los compro-misos que les crearían la sinceridad y la lealtad absolutas. Consideraciones intempestivas.
Lo que nos hace más felices que los animales son los grandes falseamientos y las grandes interpre-taciones. Filosofía general.
En sí no hay ningún “sentido de la verdad”; pero como en muchos casos hay un prejuicio en favor de la conveniencia de conocer la verdad y no dejarse engañar, se busca la verdad mientras que en otros muchos casos es buscada porque quizá pudiera ser útil, ya para aumentar nuestro poder, nuestras riquezas, nuestros honores, nuestro egoísmo. Filosofía general.
Por sí misma, la verdad no es absolutamente una potencia, digan lo que quieran los fabricantes del racionalismo. Por el contrario, es preciso que ponga el poder de su lado o que se ponga de lado del poder; ¡de lo contrario, perecerá siempre! Aurora.
Pensar que hacemos daño cuando no decimos la verdad es inocente. Si el valor de la vida consiste en disponer de errores bien creídos, lo nocivo será decir la verdad. Filosofía general.
Bajo la influencia de la verdad contemplada, el hombre no percibe ya por todas partes más que lo horrible y absurdo de la existencia. El origen de la tragedia.
Nuestro amor Por la verdad se conoce más que nada, en la manera que tenemos de recibir las “ver-dades” que “otros” nos ofrecen; entonces dejamos traslucir si realmente amamos la verdad o nos amamos a nosotros mismos. Tratados filosóficos.
Lo nuevo en nuestra actual posición con respecto a la filosofía es la convicción de que todavía no ha poseído ninguna época: “que no poseemos la verdad”. Todos los hombres anteriores “han creído poseer la verdad”, incluso los escépticos. Tratados filosóficos.
La verdad no es lo contrario del error, sino la sustitución por ciertos errores de otros errores, que, por ejemplo, son más antiguos, más profundos, que están más arraigados en nosotros, etc. Filosofía general.
Si alguna vez la verdad consiguió la victoria, preguntad con una buena desconfianza: ¿qué gran error ha combatido por ella? Así habló Zaratustra.
Los conceptos más útiles son los que han quedado, por falso que sea su origen. Filosofía general.
Debebos desechar todo escrúpulo de conciencia en lo que se refiere a la verdad y el error, mientras se trate de la vida, para que luego podamos emplear la vida en servicio de la verdad y de la concien-cia intelectual. Tratados filosóficos.
Los hombres jóvenes aman lo interesante y lo singular, sin preocuparse de si es verdadero o falso. Los espíritus más maduros aman la verdad, lo que en ella hay de interesante y singular. Los cerebros muy maduros aman, por último, la verdad aun en aquellas cosas en que aparece desnuda y simple y produce enojo al hombre vulgar, porque han observado que la verdad suele contar lo más espiritual con aires de sencillez. Humano, demasiado humano.
¡Cuidarnos de que nuestro último amor, el que nos hace confesar nuestro amor a la verdad, no nos engañe también! Filosofía general.
VERDADERO
Verdadero: en general, no quiere decir más que: apropiado para la humanidad. Tratados filosóficos.
VERGÜENZA
El que es noble huye de avergonzar a los hombres y hasta se avergüenza ante los que sufren. Así habló Zaratustra.
No ignoro el odio y la envidia que agitan nuestros corazones. No sois bastante grandes para desco-nocer el odio y la envidia. Sed lo bastante grandes para no avergonzaros de ellos. Así habló Zaratus-tra.
Este sentimiento: “yo no soy el centro del mundo”, se presenta con mucha intensidad cuando nos sentimos agobiados de vergüenza; entonces nos sentirnos corno ensordecidos en medio de las rom-pientes y como cegados por un solo ojo enorme que mira a todos lados, sobre nosotros y en el fondo de nosotros mismos. Aurora.
VIDA
Sólo nuestras obras y nuestros discípulos son los que dan al navío de nuestra vida brújula y direc-ción. Tratados filosóficos.
¡Imprimamos el sello de la eternidad en nuestra vida! Este pensamiento contiene más que todas las religiones que desprecian la vida como pasajera y hacen mirar hacia otra vida incierta. El eterno re-torno.
Cuando se ve claro el “porqué” de la propia vida, se concede poca importancia al cómo de ésta. El ocaso de los ídolos.
En la vida real no se trata más que de voluntad “fuerte” o de voluntad “débil”. Más allá del bien y del mal.
Hay que aprender a salir limpio de los asuntos sucios y, si es preciso, a lavarse con agua sucia. Humano, demasiado humano.
La brevedad de la vida humana conduce a muchas afirmaciones erróneas sobre las cualidades del hombre. Humano, demasiado humano.
Para poder disponer del porvenir, el hombre ha tenido que aprender a separar lo necesario de lo accidental a penetrar la causalidad, a anticipar y prever lo que oculta lo lejano, a saber disponer sus cálculos con certidumbre de manera que pueda discernir el fin de los medios, y ha tenido que co-menzar por hacerse apreciable, regular, necesario para los demás como para sí mismo y para sus propias representaciones, para poder, en fin, responder a su persona en cuanto porvenir, como lo hace el que se liga por una promesa. Más allá del bien y del mal.
¡Cuán falsamente razonaríamos si se quisiera aquilatar el valor de la vida por el grado de placer y dolor! Tratados filosóficos.
Cada cual tiene quizá su medida para lo que a él le parece superficial: yo también tengo la mía (una medida grosera, simple para usos domésticos, como conviene a mi mano); quizá otros tengan dere-cho a un instrumento más fino y agradable.
El que esgrime contra la vida el argumento del dolor me parece superficial, como nuestros pesimis-tas.
Lo mismo que el que ve en el bienestar un fin. Filosofía general.
La aversión a la vida es rara. Nos conservamos en la vida, y aun en las peores situaciones nos ave-nimos bien con ella, no por miedo a algo peor, no por esperanza de algo mejor, no por hábito (que sería aburrimiento), no por placeres ocasionales, sino por variación y porque en el fondo nada se repite, pero recuerda lo ya pasado. El estímulo de lo nuevo que recuerda el antiguo gusto como una música con muchas cosas disonantes. Tratados filosóficos.
Vivir es inventar. Aurora.
Durante largo tiempo vivimos como enigmas. Ecce homo.
La impotencia frente a los otros hombres y no la impotencia ante la naturaleza es lo que produce la amarga desesperación en la vida. La voluntad de dominio.
La vida es como un soñar despierto. Cuanto más inteligente y comprensivo es un hombre, tanto más siente la sublime contingencia de su vida, de sus propósitos; tiembla como el durmiente cuando llega un momento en que se da cuenta de que sueña. Filosofía general.
Bajo la influencia de la verdad contemplada, el hombre no percibe ya por todas partes más que lo horrible y absurdo de la existencia. El origen de la tragedia.
A despecho del espanto y de la piedad, saboreamos la felicidad de vivir, no en cuanto individuos, sino en la unidad de la vida, confundidos y absorbidos en su placer creador. El origen de la tragedia.
En época de tensión dolorosa y de vulnerabilidad, escoged la guerra: ella nos hace duros y cría mús-culos. El ocaso de los ídolos.
Para poder vivir, el hombre debe poseer la fuerza de romper un pasado y de aniquilarlo, y es preciso que emplee esta fuerza de cuando en cuando. Consideraciones intempestivas.
Todo lo que sucede y toda intención se pueden reducir a la intención de aumentar el poderío. La voluntad de dominio.
Es preciso que cada cual organice el caos que lleva dentro de sí volviendo sobre sí mismo, para acordarse de sus verdaderas necesidades. Su lealtad, su carácter serio y veraz no se contentará con repetir e imitar. Entonces comprenderá que la cultura puede ser algo más que el “decorado de la vida” lo que no sería, en el fondo, más que simulación e hipocresía. Pues todo adorno oculta lo que adorna.
Consideraciones intempestivas.
Lo esencial en esta concepción es la idea del arte en relación con la vida: el arte es entendido, tanto en sentido psicológico como en sentido fisiológico, como el gran estimulante, como lo que nos impul-sa eternamente a vivir, a vivir eternamente. Ecce homo.
La humanidad hubiese perecido si el instinto sexual no tuviese un carácter tan ciego, tan imprevisor, tan arrebatado e irreflexivo. En sí, su satisfacción no está encaminada a la propagación de la espe-cie.
¡Cuán raras veces preside al coito tal propósito! Y lo mismo sucede con el gusto por la lucha y la rivalidad: sólo unos grados más de enfriamiento del instinto y la vida se detendría. Va aliado a una alta temperatura y al punto de ebullición de la irracionalidad. Tratados filosóficos.
Vivir significa: rechazar sin descanso algo que quiere vivir.
Vivir significa: ser cruel e implacable contra todo lo que en nosotros se hace débil y viejo, y no sola-mente en nosotros. Vivir ¿significará, pues, carecer de piedad para los agonizantes, los miserables, los viejos? ¿Ser constantemente asesino? Y, sin embargo, el viejo Moisés dijo: “No matarás.” El eterno retorno.
El arte de la vida feliz es hallar tina situación en la que lo momentáneamente agradable sea también lo duradero, útil; aquello que los sentidos y el gusto llaman bueno, lo que la razón y la prudencia lla-man bueno. Tratados filosóficos.
En una sociedad mejor organizada, el trabajo penoso y los dolores de la vida serán asignados al que los sufra menos, por tanto, al más estúpido, y así por grados, hasta llegar al más accesible a las es-pecies más refinadas de sufrimiento y que, por consiguiente, aun dado el mayor aligeramiento de la vida, sigue sufriendo. Humano, demasiado humano.
Vivid como hombres superiores y realizad constantemente los fines superiores de la civilización; en-tonces todo lo que allí vive reconocerá vuestros deberes, y el orden de la sociedad, cuya cima sois vosotros, estará garantido contra cualquier golpe. Humano, demasiado humano.
Cuando una vez os ha tratado la vida como verdadera expoliadora y os ha quitado todo lo que os podía quitar de honores y goces, arrebatándoos vuestros amigos, vuestra salud, vuestra hacienda, descubriréis quizá luego, cuando haya pasado el primer terror, que sois “más ricos” que antes. Pues sólo entonces sabéis lo que os pertenece hasta el punto de que ninguna mano sacrílega puede to-carlo: así es como se saldrá de todo este pillaje y de esa confusión con la nobleza de un gran terra-teniente. Humano, demasiado humano.
Se debe vivir de modo que se tenga, en el momento oportuno, la voluntad de morir. El ocaso de los ídolos.
¡Imprimamos el sello de la eternidad en nuestra vida! Este pensamiento contiene más religión que todas las religiones que desprecian la vida como pasajera y hacen mirar hacia otra vida incierta. El eterno retorno.






Fatal error: Call to a member function pinta_enlaces_horizontal() on a non-object in /home/ismache/public_html/NIETZSCHE/wp-content/themes/k2/footer.php on line 1