SOLEDAD
El ruido mata los pensamientos. Así habló Zaratustra.
Estaba solo, y no hacía otra cosa que encontrarse a sí mismo.
Entonces gozó de su soledad, saboreó su soledad y pensó muy buenas cosas durante horas ente-ras. Así habló Zaratustra.
¡Amigo mío! ¡Refúgiate en tu soledad! Así habló Zaratustra.
En medio de la multitud vivo como la mayoría y no pienso como pienso; al cabo de cierto tiempo acabo por experimentar el sentimiento de que se me quiere desterrar de mí mismo y quitarme mi alma, y empiezo a malquerer a todo el mundo y a temer a todo el mundo.
Entonces tengo necesidad del desierto para volver a ser bueno.
Aurora.
Yo busco para mí y mis semejantes el rincón soleado en medio del mundo real de ahora, aquellas ideas luminosas que nos aportan un exceso de bienestar. Que todos hagan lo mismo y que dejen de hablar de lo general, de la sociedad. Tratados filosóficos.
Todo hombre de elección aspira instintivamente a su torre de marfil, a su reclusión misteriosa, por la que se libra de la masa, del vulgo, del gran número, porque en ella puede olvidar la regla hombre, puesto que él es una excepción a esta regla. Más allá del bien y del mal.
Permanecer echado sin moverse y pensar poco, es el remedio costoso para todas las enfermedades del alma, y, cuando se hace con buena voluntad esta práctica, se hace más agradable cada hora que pasa. Humano, demasiado humano.
Si te sientes grande y fecundo en la soledad, la sociedad de los hombres te empequeñecerá y te hará estéril, y a la inversa. Aurora.
La soledad en nosotros es una virtud, es una inclinación sublime y una necesidad de limpieza. Esta virtud adivina lo que vale el contacto de los hombres “en sociedad” contacto inevitablemente suelo.
Toda comunión, de cualquier manera que se manifieste, ya sea en un punto cualquiera, ya sea en un momento cualquiera, nos hace comunes. Más allá del bien y del mal.
Nadie aprende, nadie aspira, nadie enseña “a soportar la soledad”. Aurora.
En la soledad el solitario se roe el corazón; en la multitud es la muchedumbre quien se lo roe. ¡Ele-gid! Humano, demasiado humano.
Se olvida la arrogancia cuando se está entre hombres de mérito; estar solo hace orgulloso. Los jóve-nes son arrogantes, pues frecuentan sus semejantes, todos los cuales, no siendo nada, quieren pa-sar por mucho. Humano, demasiado humano.
Sólo se comprende cuán poca importancia tienen los adeptos cuando se ha dejado de ser el adepto de sus adeptos. Humano, demasiado humano.
En la soledad crece lo que cada cual aporta a ella, incluso la bestia interior. Por esto hay que disuadir a muchas personas de la soledad. Así habló Zaratustra.
Muchos hombres están tan acostumbrados a estar solos consigo mismos, que no se comparan a los demás, sino que desarrollan el monólogo de su existencia en un estado de espíritu apacible y alegre, en agradables conversaciones consigo mismos y hasta en risas. Pero, si se les obliga a compararse con otro, propenden a una sutil depreciación de si mismos, hasta el punto que es preciso forzarles a aceptar de otro una buena y justa idea de sí mismos, y aun de esa idea adquirida querrían rebajar y corregir alguna cosa. Es preciso, pues, conceder a ciertos hombres su soledad y no ser lo bastante tonto, como se hace frecuentemente, para compadecerle de ellos. Humano, demasiado humano.
¡Oh soledad! ¡Soledad, patria mía! Así habló Zaratustra.
SOLIDARIDAD
Ayúdate a ti mismo, y todos te ayudarán. Principio del amor al prójimo. El ocaso de los ídolos.
SOLITARIO
Guardaos mucho de ofender al solitario. Así habló Zaratustra.
SUBORDINACIÓN
Aquellos sabios superficiales y estultos que son bastante desvergonzados para sentirse “espíritus libres”, consideran como cobardía o traición a la verdad, como debilidad de la voluntad todo lo que constituye la enfermiza historia de los hombres superiores: aquel subordinarse, aquel tener miedo de sí mismo. Filosofía general.
SUEÑOS
¿Qué haremos para estimularnos cuando estemos fatigados y cansados de nosotros mismos? Unos recomiendan la mesa de juego, otros el cristianismo, otros la electricidad. Pero lo mejor, mi querido melancólico, es “dormir mucho”, en el sentido propio y figurado. Así terminaremos por tener de nuevo nuestra mañana. Un alarde en la sabiduría de la vida es saber intercalar a tiempo el sueño bajo todas sus formas. Aurora.
¡Nada os pertenece en propiedad más que vuestros sueños! Aurora.
Se me dirá que hablo de cosas que no conozco, de cosas soñadas, a lo que yo podría contestar: es bella cosa soñar así. Y, en realidad, nuestros sueños están en mayor proporción de lo que se cree con nuestras experiencias; sobre los sueños habría mucho que hablar. Si yo he soñado mil veces que volaba, ¿no creeréis que también despierto tendré un sentimiento y una necesidad sobre la ma-yoría de los hombres? Filosofía general.
SUFRIR
Los grandes hombres son los que más sufren durante su vida, pero tienen a la vez las más grandes compensaciones. Filosofía general.
Ver nuestros propios sentimientos como un drama es un grado más alto que el mero sufrir. Tratados filosóficos.
SUICIDIO
Yo quiero predicar el pensamiento que dará a muchos el derecho a suprimirse: el gran pensamiento de la selección. El ocaso de los ídolos.
El mayor número de los hombres carece de derecho a la existencia, y constituye una desgracia para los hombres superiores. El ocaso de los ídolos.
¡Consuelo para los que sucumben! Considerar su pasión como una mala jugada de lotería. Tener presente que la mayor parte de los jugadores tienen que perder. Que el sucumbir es tan útil como el devenir. Nada de arrepentimientos: el suicidio es más breve. Tratados filosóficos.
Morir de un modo altivo, cuando no es ya posible vivir dignamente. La muerte elegida voluntariamen-te, la muerte en tiempo oportuno, con claridad y serenidad… El ocaso de los ídolos.
El suicidio corno medio usual de morir: nuevo orgullo del hombre, que fija su fin e inventa una fiesta: el morir. Tratados filosóficos.
El pensamiento del suicidio es un consuelo poderoso. Ayuda a pasar bien más de una mala noche. Más allá del bien y del mal.
Cuando un hombre se suprime hace la cosa más digna del mundo: con ella casi merece vivir… El ocaso de los ídolos.
En tiempos de su formación, el cristianismo se sirvió del enorme deseo del suicidio para hacer de él una palanca de su poderío: no conservó más que dos formas de suicidio, las revistió de las más altas dignidades y de las más altas esperanzas y prohibió todas las demás con amenazas terribles. Pero el martirio y la muerte lenta del ascetismo fueron lícitos. El eterno retorno.
El cristianismo, como gran movimiento popular del imperio romano, es la entronización de los peores, de los incultos, de los oprimidos, de los enfermos, de los extraviados, de los pobres, de los esclavos, de las viejas, de los cobardes; en suma, de todos aquellos que tienen motivos para suicidarse, pero carecen de valor para hacerlo.
Tratados filosóficos.
Abstracción hecha de las exigencias que impone la religión, podemos preguntarnos: ¿por qué habría más gloria en un hombre que se ha hecho viejo, que no puede ocultar la decadencia de sus faculta-des, en esperar su lento agotamiento y disolución, que en fijarse él mismo un término en plena con-ciencia? El suicidio es, en este caso, una acción inmediata y completamente natural que, por ser una victoria de la razón, debería en justicia inspirar respeto: y de hecho lo inspiraba en los tiempos en que los jefes de la filosofía griega y los patriotas romanos más valerosos tenían la costumbre de sui-cidarse.
Por el contrario, el ansia de vivir un día más por la consulta ansiosa a los médicos y el régimen de vida más penoso, sin la fuerza de acortar el término de la vida, es mucho menos respetable. Las religiones abundan en expedientes contra la necesidad del suicidio: éste es un medio de insinuarse por la adulación en aquellos que están enamorados de la vida. Humano, demasiado humano.
…En todos los sentidos, este martirio podrá un día ser causa de que él hombre superior se vuelva con amargura contra su propio destino e intente aniquilarse, matarse. Más allá del bien y del mal.
Se debe vivir de modo que se tenga, en el momento oportuno, la voluntad de morir. El ocaso de los ídolos.
Hay un derecho que nos permite quitar la vida a un hombre; no lo hay para que le quitemos la muer-te: esto es pura crueldad. Humano, demasiado humano.
Se podrá reprimir un violento deseo de suicidio, sentido muchas veces, cuando se piense en la deso-lación de sus padres y de sus amigos. Aurora.
Los parientes del suicida toman a mal que éste no haya seguido viviendo por miramiento a la reputa-ción de su familia. Humano, demasiado humano.
El que aspira a la gloria debe despedirse a tiempo del honor y ejercer el difícil arte de desaparecer a tiempo. Así habló Zaratustra.
SUPERSTICIÓN
El supersticioso, comparado con el religioso, es siempre más personal que éste. El eterno retorno.
La superstición es un libre pensamiento de segundo orden. El eterno retorno.









