REVOLUCION FRANCESA

REVOLUCION FRANCESA
La Revolución francesa fue la que colocó definitiva y solemnemente el cetro en manos del “hombre bueno” (de las ovejas, del asno, de la oca, y de todo lo que es incurablemente superficial y estriden-te, maduro para el manicomio de las “ideas modernas”). El eterno retorno.
RIQUEZA


La riqueza produce necesariamente una aristocracia, pues coloca al hombre en situación de poder elegir las mujeres más bellas, de pagar los mejores maestros; proporciona al hombre la limpieza, tiempo para ejercitar su cuerpo, y, sobre todo, la posibilidad de evitar el trabajo corporal embrutece-dor. En este sentido, crea las condiciones necesarias para hacer que en el curso de algunas genera-ciones los hombres se conduzcan noble y virtuosamente; la mayor libertad de conciencia, la ausencia de mezquindades miserables, de servilismo ante los que proporcionan el pan, del ahorro céntimo a céntimo.
Precisamente estas ventajas negativas constituyen el mejor lote de felicidad para un joven; un hom-bre muy joven se arruina, ordinariamente, por su nobleza de pensamiento; no profesa ni adquiere nada; su raza no es viable. Pero es preciso, además, considerar que la riqueza ejerce casi los mis-mos efectos, ya sea que un hombre pueda gastar trescientos escudos al año o treinta mil; desde entonces ya no hay progresión real de circunstancias favorables.
Ahora, tener menos, mendigar en la infancia es cosa terrible, aunque para los que buscan la dicha en el esplendor de las cortes, en la subordinación a los hombres poderosos e influyentes o que quieren llegar a ser príncipes de la Iglesia. pueda ser éste un buen punto de partida. (Allí aprenden a aga-charse para penetrar en los caminos subterráneos del favor). Humano, demasiado humano.
Los sabios debieran apoderarse del monopolio de la acuñación de moneda; a ello son acreedores por su manera de vivir y sus fines, y dar dirección a la riqueza; es absolutamente preciso que ésta sea dirigida por las inteligencias superiores. Tratados filosóficos.
Únicamente debía “poseer” el que tuviera “espíritu”; de lo contrario, la fortuna es un “peligro público”. Humano, demasiado humano.
RISA
El hombre es el único animal que sufre tan intensamente, que ha tenido que inventar la risa. La vo-luntad del dominio.
Cuando el hombre rompe a reír, sobrepuja a todos los animales por su vulgaridad. Humano, dema-siado humano.
En otro tiempo se preguntaba: ¿qué es lo que hace reír?, como si hubiese, fuera de nosotros mis-mos, cosas que tuvieran la propiedad de hacer reír. Aurora.
No se mata con la cólera, sino con la risa. Así habló Zaratustra.
Cuanto más contento y seguro de sí mismo esté su espíritu, menos inclinado se siente el hombre a la carcajada; por el contrario, se apodera de él una sonrisa cada vez más intelectual, que es el signo de su asombro a la vista de numerosas semejanzas ocultas de la buena existencia. Humano, demasia-do humano.
RIVAL
Los hombres envidiosos que tienen olfato sutil no tratan de ver de cerca a su rival, para poder sentir-se superiores a él. Aurora.
ROMANTICISMO
Sería un profundo error considerar nuestro “romanticismo” corno prueba de que hemos embellecido nuestra alma. La voluntad de dominio.
RUIDO
El ruido mata los pensamientos. Así habló Zaratustra.
RUSIA
Si Europa cae en manos del pueblo, la cultura europea habrá muerto. Filosofía general.
SABER
La perfección de la ciencia y su generalidad racional debe ser alcanzada primero, y luego la libera-ción del individuo vendrá por sí sola. Tratados filosóficos.
Aun el más valeroso de nosotros, rara vez tiene el valor de lo que realmente sabe… El ocaso de los ídolos.
Todo el valor de una enciclopedia reside en lo que en ella está contenido, y no en lo que está escrito sobre la cubierta en lo que constituye la envoltura, en la encuadernación. Consideraciones intempes-tivas.
Condiciones del sabio. Se le debe eximir de toda clase de culpa ante la sociedad. Filosofía general.
El derecho a leer de todo el mundo, no solamente estropea a la larga el escribir, sino el mismo pen-sar. Así habló Zaratustra.
Los sabios debieran apoderarse del monopolio de la acuñación de moneda: a ello son acreedores por su manera de vivir y sus fines, y dar dirección a la riqueza; es absolutamente preciso que ésta sea dirigida por las inteligencias superiores. Tratados filosóficos.
La vanidad la ciega propensión a considerarse como individuo no siéndolo; es decir, como indepen-diente, dependiendo de alguien.
La sabiduría es todo lo contrario: se considera dependiente, y es independiente. Consideraciones intempestivas.
Aquellos sabios superficiales y estultos que son bastante desvergonzados para sentirse “espíritus libres” consideran como cobardía o traición a la verdad, como debilidad de la voluntad todo lo que constituye la enfermiza historia de los hombres superiores: aquel subordinarse, aquel tener miedo de sí mismo. Filosofía general.
Mientras sientas las estrellas como algo que está “por encima de ti” te falta la mirada del que busca el conocimiento. Más allá del bien y del mal.
El camino de la sabiduría: índice para la superación de la moral.
Filosofía general.
Quien siembra en el espíritu, planta un árbol a larga fecha.
Tratados filosóficos.
El que busca el conocimiento pasa por entre los hombres como por entre animales. Así habló Zara-tustra.
Es mejor no saber nada que saber muchas cosas a medias. Así habló Zaratustra.
El que sabe que es profundo se esfuerza por ser claro; el que quiere parecer profundo se esfuerza por ser oscuro. El eterno retorno.
La forma más habitual del saber carece de conciencia. La conciencia es el saber de un saber. Trata-dos filosóficos.
Cuanto más espíritu, más sufrimiento… Cuanto más estupidez tanto mayor bienestar. Consideracio-nes intempestivas.
Nuestro saber es la forma más débil de nuestra vida instintiva; por esto es tan impotente contra los instintos poderosos. Tratados filosóficos.
Yo creo que el saber mata la fuerza del instinto, no deja lugar para la acción. La verdad es que todo conocimiento nuevo carece de un mecanismo ejercitado y de hábitos placenteros. Pero todo esto se produce después. Esperamos a que una nueva generación coja la cosecha, no nosotros. Esta es la resignación del sabio. Se ha vuelto más pobre y más débil, incapaz para la acción, por decirlo así, paralítico; es un vidente que se ha quedado ciego y sordo. Tratados filosóficos.
¡Cuán difícil es vivir cuando se siente sobre sí y contra sí el juicio de miles de años! El eterno retorno.
Hay ciertos indicios en los que reconocerás que has hecho largo camino y que has subido más alto: el espacio es ahora más libre alrededor de ti y tu vista abarca un horizonte más vasto que el que velas antes; el aire es más puro, pero también más dulce pues no cometerás la locura de confundir la dulzura con el calor; tu paso se ha hecho más vivo y más firme, el valor y la circunspección se han fundido uno con otra; por todas estas razones, tu camino será ahora más solitario y ciertamente más peligroso que antes, pero no cier tamente en la medida que imaginan los que te han visto subir, a ti el viajero, del valle brumoso hasta la montaña. Humano, demasiado humano.
No treparás nunca en vano por las montañas de la verdad, ya sea que hoy llegues a subir muy alto o que ejercites tus fuerzas para poder subir muy alto mañana. Humano, demasiado humano.
La pasión por lo verdadero, que está por encima de toda consideración personal, agradable o des-agradable, es lo más alto.
Tratados filosóficos.
El hombre eminente va aprendiendo poco a poco que en cuanto obra es un fantasma en el cerebro dé los demás, y llega quizá a la sutil tortura del alma de preguntarse si no habrá de conservar este fantasma para bien de sus semejantes. Humano, demasiado humano.
La punta de la sabiduría se vuelve contra el sabio; la sabiduría es un crimen contra la naturaleza. Origen de la tragedia.
Cuanto más se acrece su conocimiento, tanto más se siente el hombre en su rincón. Filosofía gene-ral.
No vivimos propiamente para el conocimiento, sino para la pasmosa y abundante amenidad en el buscar y en el encontrar de éste.
Tratados filosóficos.
Cuando nos trasformamos radicalmente, nuestros amigos, los que no se han trasformado, se con-vierten en los fantasmas de nuestro propio pasado;. su voz resuena en nuestros oídos como si vinie-ra de la región de las sombras, como si nos oyésemos a nosotros mismos, más jóvenes pero más duros y menos maduros. Humano, demasiado humano.
Para merecer la consideración de los que pueden darla es provechoso a veces no comprender cier-tas cosas, pero de manera que se note que no las comprendemos. La ignorancia también tiene sus privilegios. Humano, demasiado humano.
La llama no es tan luminosa por sí misma como por las cosas que ilumina: así el sabio. Humano, demasiado humano.
De cuando en cuando una tontería: ¡como si de pronto no hastiase nuestra sabiduría! Filosofía gene-ral.
¿Qué importa que yo tenga razón? Yo tengo demasiada razón. El ocaso de los ídolos.
SACERDOTE
En el sacerdote todo se hace peligroso, no solamente los tratamientos y las terapéuticas, sino tam-bién el orgullo, la venganza, la perspicacia, el libertinaje, el amor, la ambición, la virtud, la enferme-dad; con un poco de equidad se podría, es cierto, añadir que precisamente en el campo mismo de esta forma de existencia esencialmente peligrosa, la sacerdotal, es donde el hombre ha comenzado a ser un “animal interesante”; así es como, en un sentido sublime, el alma humana ha adquirido “pro-fundidad” y “malignidad” y ciertamente éstos son los atributos capitales que han asegurado hasta aquí al hombre la supremacía sobre el resto del reino animal. Más allá del bien y del mal.
Los sacerdotes son los cómicos de una nación sobrehumana a la que quieren dar plasticidad, ya sea de ideales, ya sea de dioses o de salvadores; para hacer todo lo más creíble posible, deben prolon-gar la semejanza todo lo que puedan; su astucia de comediantes debe, ante todo, formar en ellos una buena conciencia, con ayuda de la cual puedan persuadir fácilmente. La voluntad de dominio.
Los sacerdotes, en todo tiempo, han dicho que querían mejorar al hombre. Pero nosotros nos reímos cuando un domador de fieras habla de sus bestias mejoradas. La domesticación de las fieras, en la mayor parte de los casos, se obtiene estropeándolas. Del mismo modo, el hombre moral no es un hombre mejor, sino un hombre estropeado. La voluntad de dominio.






Fatal error: Call to a member function pinta_enlaces_horizontal() on a non-object in /home/ismache/public_html/NIETZSCHE/wp-content/themes/k2/footer.php on line 1